Taburete mató a Kurt Cobain

El final del siglo XX trajo consigo una sartenada de artistas malditos. Vidas incompatibles con la misma. Alma y cuerpo como aceite y agua.  La incomprensión tiene como mínimo común múltiplo un dolor que,  de manera inevitable,  desemboca en arte.  Janis Joplin,  Kurt Cobain, Jim Morrison,  Freddie Mercury… Amy Winehouse como último suspiro.  Llovieron críticas que acechaban su estilo de vida.  De hecho,  la tormenta sigue mojándonos.  Muchas personas que no opinan lo mismo y todos tienen razón.  Indiscutibles son los hechos objetivos;  cuarenta años después seguimos escuchando  ‘Cry baby’. La joven hippie que lo será siempre,  porque así lo hemos querido. Así lo hemos demandado. Los dientes de caballo clavándose en un micrófono al ritmo de  ‘’Mama,  just killed a man’’.  La imagen del único hombre que acudió a su propio funeral,  de la mano de una Pamela Courson con el corazón en los huesos.  En resumen,  imágenes icónicas como bandera de almas rotas en busca de comprensión.  Inadaptados orgullosos de serlo. Aunque en el fondo,  su obra no buscaba otro puerto que un abrazo bajo el calor de un  ‘te entiendo’.  

¿Qué es la música de verdad? ¿Dónde está la línea crítica entre lo puro y lo ficticio?  Ahora un teléfono móvil dura un par de años a lo sumo.  Un ordenador cinco.  El amor de una vida… Bueno,  ahí ni entremos.  Hasta qué punto la obsolescencia programada puede aplicarse al arte. ¿Por qué lo necesario dura tan poco tiempo? Un logro en el panorama actual de la música es situarse en una lista dotada de cuarenta canciones.  Ser el tema del verano.  El único que desea permanecer en vela todo Septiembre mientras los demás piden fumárselo dormidos.  Millones de voces tarareando un estribillo que,  a penas unos meses después,  habrá pasado de moda. Estará obsoleto de sentido.  Será carne de garito andrajoso con los baños de madera y las puertas sin pestillo.  Ese es el fin.  Pero… ahí.  Justo ahí está la enfermedad. 

¿Qué fin persigue la música en 2017? Vender.  No es novedad que el arte se haya convertido en empresa.  De hecho,  la culpa no solo recae en los bolsillos que invierten,  sino en los oídos que demandan. Por desgracia,  las industrias del arte en general dedican su esfuerzo y estrategia a producir aquello que vaya a tener una venta  rápida.  Grupos musicales con estribillo fácil y composición a golpe de dos acordes.  Rompiendo altavoces hasta desgastar su propio sentido. Y después,  si te he visto no me acuerdo.  Mientras tanto,  voces que no se entiende como caben en un cuerpo,  se dejan la piel en el metro.  Composiciones con una carga emocional tan pura que destripan.  Pero claro,  no vaya a ser que lleguemos a sentir algo.  Porque sentir no vende,  sentir espanta.

Menos mal que alguien se encargó de hacer eterno lo que debe serlo.  Pulsó el REC en el momento exacto y hoy nos quedan los trocitos de su alma.  Un rincón donde poder añorar lo que ya no existe.  O por lo menos,  lo que existe en secreto.  En el local adecuado a la hora adecuada,  la promulgación concreta de conciertos clandestinos con ganas de dejar de serlo.  La culpa es nuestra.  La comodidad de ser manejados sin ganas de manejar.  La sumisión absoluta a devorar todo lo que suena en la radio. Total,  mejor que suene  ‘algo’  a que suene el silencio.  A sonar nosotros mismos.  

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